miércoles

Se va, se va el vapor

En unos días parto hacia Puerto Madryn a ver el mar sin una multitud que se entrometa entre el mar y yo, a nadar con pingüinos -dicen que están tan acostumbrados a los bañistas que no nos huyen-, a divisar, aunque sea de lejos, la aleta dorsal de una tonina y a extrañar intensamente la ciudad, que la naturaleza es encantadora, sí, pero el sol quema demasiado y las piedras y la arena vuelven los talones de papel de lija. Preferiría que fuese invierno para respirar el viento marino y el olor a pescado fresco, a pez inquieto, recién salido del agua, sentándome a mirar cómo descargan las redes llenas de lenguas plateadas, y rodear con la mano las sogas que amarran los barcos al muelle. Pero no es invierno sino verano, y hay que ir a la playa y esas cosas que hacen las personas de buen vivir, buen ver y buen pensar, y yo no quiero desentonar tanto. En fin.

viernes

Poderes

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa porque el mundo se le representa como una sucesión de escenas tragicómicas, más trágicas que la misma tragedia. Nadie nunca tendría que intentar hablarme por la calle cuando estoy suspendida adivinando gárgolas en las esquinas y me lamento por no llevar conmigo la cámara fotográfica; cuando quiero volver al mismo sitio, la luz refractará desde otro ángulo y la foto se habrá perdido. No quiero salir el sábado, ni el domingo, ni el lunes. En realidad no debiera haber salido jamás de mis libros y mis discos, que no traicionan ni engañan; a lo sumo soy yo la que puedo engañarme, pero siempre estaré a tiempo de cerrarlos. En el fondo están todos muertos, todos, son sólo espectros que podría romper si quisiera, despóticamente, moverles los brazos y las piernas como a muñecos articulados, dejar de oírlos, saltearme párrafos, son objetos de capricho con los que ensayo el poder que soy incapaz de ejercer sobre mí misma, porque tengo terror de escuchar ciertas cosas y prefiero taparme las orejas, a la manera de un chico que no quiere reproches. Yo no hago mal, al menos no voluntariamente o sabiéndolo, casi un pan de Dios, se los aseguro, y no me valgo del amor ajeno como instrumento de tortura. El mundo, en tanto, sigue estrellándose contra mi cáscara de cuarzo, hasta que un día haga ¡crac! y una overlock indetenible descosa el corazón de mis entrañas.

domingo

Contra todos los pronósticos

Es que el pendejo ése me dice "tía" -aunque no soy su tía- y yo me derrito como un iglú con los pies hundidos en el pavimento hirviente. "Tía, veníiiiii... a jugar con el tutú", y estira los mofletes -es decir, sonríe, pero me gusta la palabra "mofletes"-, y yo, temerosa de que la naturaleza me hubiera arrancado el instinto maternal de raíz, concibo la posibilidad de que, en lo más profundo de mí, exista un arcón de paciencia eterna, un corazón de maestra jardinera, un alma de vecina gorda y malcriadora que soporta caprichos con tantas ganas de abrazar como de ahorcar. Debe ser así, sin darse cuenta, en esa repentina ternura que se burla de todas las teorías anti-niños previas, que se despierta el deseo de parir criaturas como pollitos y tejer crochet mientras los miramos armar casas con bloques de madera.

Lavorare stanca

El latigazo me recorre cada vez que miro sus documentos: nunca concuerdan con la edad estampada. A los cincuenta ya están arruinados, los dedos llenos de callos, el pelo blanco, la piel mordida por el sol y las cicatrices. Los veo a diario: dejaron sus dedos, su pelo y su piel en largas jornadas de fábrica, de puerto o de andamio, hasta que sus huesos son arrojados a saco por las escaleras o por el incierto túnel del ocio forzado. "Prescindimos de sus servicios a partir del día 31 del corriente.- Certificados a su disposición.-" y el mecanismo –imperfecto, pero sanguinario- vuelve a comenzar: más carne para satisfacer a la picadora voraz. Son puro escombro y no lo saben, porque les han hecho creer que mueren en ejercicio del deber, del honor de arrancarse de sí para espesar bolsillos ajenos. No conocen su derecho a la pereza porque les han hecho creer que la pereza es un pecado capital y el trabajo un designio divino, y no se quejan. "Adieu joie, santé, liberté; adieu tout ce qui fait la vie belle et digne d'être vécue", dice Paul Lafargue, refiriéndose a los estragos de la vida de fábrica. ¿Cómo es que no se quejan? ¿No resulta inconcebible toda esta pasmosa mansedumbre?

sábado

Yo no sé, casi nada, pero sólo me doy cuenta cuando me estrello contra las palabras de otros. Hasta tanto, uno cree que conoce lo estrictamente imprescindible para vivir a velocidad crucero: haber hecho esto o aquello, haber leído ese libro necesario o haber oído el disco que nadie puede morir sin escuchar, nada representaban cuando no se conocía su existencia o su condición de posibilidad. Sin embargo, cuanto más se sabe más se desea y más enano resulta en la comparación, porque no fui lo suficientemente moderna, ni lo suficientemente rebelde, ni pertenecí a una tribu urbana, ni tuve problemas con drogas duras, ni escribo poesía experimental, poesía lesbiana, o pobre, o subdesarrollada, mozambiqueña, psicoanalítica o en idioma esperanto, tan siquiera poesía de vanguardia; tampoco tuve padres abandónicos, ni sobreprotectores, y solía irme bien en el colegio, sin ser popular –la simpatía era una cláusula ineludible para ello- ni el objeto de las burlas. Nunca seguí al abanderado, aunque tampoco escupí nunca a la bandera, ni escribí una novela genial, ni asesiné a un esposo golpeador o infiel convirtiéndolo en relleno de empanada: mucho menos a John F. Kennedy o a Ramón Falcón, y no porque no hubiera nacido para esos años, lo que probaría que soy bastante cobarde, porque no me metí a monja –la castidad y la obediencia ciega requieren demasiados esfuerzos- ni recorrí América Latina en bicicleta. Acerca de mi infinita incultura letrada y mi ignorancia sobre asuntos esenciales como la delicadeza para los sí y los no, bueno, no hace falta abundar: para eso están las palabras de los otros, que me estallan violentamente ante los ojos mostrándome mi propia insignificancia.

jueves

Ayer, cuando al bajar las escaleras para irme, la portera me miró de un modo -digamos- pícaro, caí en la cuenta de que debería cuidar un poco más las formas en un edificio vacío a las ocho de la noche. Que las paredes oyen, hombre, y las porteras también.

miércoles

Usted ha ingresado en zona restringida, lo sucedido de aquí en adelante queda bajo su exclusiva responsabilidad

Lo escrito, escrito está, y lo leyere el que quisiere. Daré la media vuelta, daré la vuelta entera, daré un pasito atrás, haciendo la reverencia. Me reiré un poco de mi ingenuidad y de mi pretensión de anonimato y luego, con un gracioso movimiento de sombrero, alegaré que nada fue exactamente como parece. Y agitaré un pañuelito, y me secaré alguna lágrima aunque diga que es el polen el que me hace llorar.

Y rimarrà forse un grido, quello / della terra che non vuole finire.
(Y quedará tal vez un grito, aquel / de la tierra que no quiere acabarse.)


*

viernes

Sobre el imperativo de la memoria

La vieja, a las siete de la mañana y con cinco grados de temperatura, ya estaba en la puerta de calle. Vive con su hermana ciega y tiene más de ochenta años: su esposo la abandonó hace cuarenta sin darle ninguna explicación. Un día, sencillamente, desapareció. "Señora, por qué no sube, que va chupar frío", le dije al pasar, un poco porque era cierto, otro poco para abrazarla, otro poco para librarla del silencio de su soledad persistente. Y la vieja, con el bastón en alto y la voz más agria que fue capaz de ensayar, me respondió: "estoy esperando que llegue mi marido; en cuanto vuelva le voy a dar con este palo en la cabeza, mirá si no podía avisarme adónde fue". Pensé que estaba siendo irónica, pero sus ojos la desmentían: como si hubiera viajado en el tiempo, todavía lo esperaba, enfurecida y triste a pesar de su memoria desgajada, más triste que todo el pasado de los hombres.

domingo

Blas de Otero

No se sabe qué voz o qué latido,
qué corazón sembrado de amargura,
rompe en el centro de la sombra pura
mi deseo de Dios enternecido.

Pero mortal, mortal, rayo partido
yo soy, me siento, me compruebo. Dura
lo que el rayo mi luz. Mi sed, mi hondura
rasgo. Señor: la vida es ese ruido

del rayo al crepitar. Así, repite
el corazón, furioso, su chasquido,
se revuelve en tu sombra, te flagela

tu silencio inmortal; quiere que grite
a plena noche..., y luego, consumido,
no queda ni el desastre de su estela.

*

¿Cuándo se van a decidir todos a hacer silencio? ¿Acaso son tan imprescindibles, tan originales, tan únicos, tan iluminadores? Una película muda relatada con voces que se tejen confundiéndose, en un solo rumor, una enorme bola imposible de desgranar porque todos, a un tiempo, quieren opinar, discutir, aconsejar, suplicar, pedir, juzgar, despotricar, No sos vos, soy yo, Ojo por ojo y diente por diente, ¿Por qué no lo largás de una vez?, Esto no te lo voy a permitir, Las mujeres que cogen en la primera cita son unas putas, Pero si yo te quiero etcétera. Guárdense toda su clarividencia y cállense, por Dios, que el mundo es una rara criatura deforme y yo aún no le he tanteado ni los pies.

Cebolla

Parece contradictorio que alguien que en su vida concreta es satírica hablando y payasesca actuando, un poco lista y bastante más boba, escriba de un modo tan serio y solemne, dramático a veces, tan "oh, cruel destino que el Cielo me envía" cuando el destino, sinceramente, le importa sólo en ciertos momentos. Alguien que no sabe ceder a la melancolía aunque la melancolía le parezca la cumbre de la estética, un estado idealmente plácido donde habitan palabras tan hermosas como "sombra", "espectro", "ausencia", "polvo", "destierro", "sangre", "piedra", "vacío"; que no se pregunta por el sentido profundo de la existencia humana sino cuando mira películas de superhéroes. Y que, sin embargo, lee ansiosamente pretendiendo respuestas de lo que nunca se ha interrogado, y escribe sobre nada, y se esfuma.

Aguafuerte

Y si me callo, ¿respira
sordamente el recuerdo?
¿Podré mirar de frente cada muro,
las grietas de su nombre desgastado,
recoger los casquillos con la pólvora
ardiente todavía,
u oír los pasos de mi madre enferma
que despierta a fumar un cigarrillo?
Si me callo, ¿algún monstruo
me estampará su risa?
¿Me morderá en el cuello,
querrá hacer una pira en mis pestañas?
¿Perturbará mi sueño de criatura
soplándome leyendas de vampiros
o de muchachas feas
o tristes o rabiosas o invisibles?
Cruje el televisor: no hay luz eléctrica
a dieciséis manzanas en redondo.

jueves

Misterio destrozado

¿Soy yo o es normal que el Misterioso Abogado Del Tercer Piso Que Flasheó Conmigo Al Cruzarnos En La Entrada Del Edificio Donde Trabajo haya resultado ser petiso, gordito, rubio y agobiantemente caballeroso?

miércoles

Museo salvaje

Los días pasan a velocidad tan monstruosa que casi no hay a qué asirse; el encanto del hogar, los partos de las vecinas y el saludo del almacenero se lo engullen todo, ya no son cuerdas para atarse al mundo sino las muecas de una vida mecánica, despertarse, desayunar, bañarse, el cielo azul, las pequeñas cosas, oh las pequeñas cosas, un gatito en la vereda, bichito amoroso, tomar el colectivo, leer un libro. Debe haber algo más que esto allá afuera, o acá adentro, algo más que la mirada levemente piadosa que se sostiene un segundo y olvida cuanto ha visto porque más pequeñas cosas insisten en caer como ceniza densa sobre los días. Escribir es insignificante si no se cuentan mentiras, si sólo es el espejo de este escenario vertiginoso y recurrente al mismo tiempo. Detener la mirada es revelar, uno a uno, los fotogramas de una realidad que se edifica repitiéndose.

museosalvaje

sábado

Disculpen las molestias

Ocupada viviendo, lavando pantalones embarrados, consolando llantos ajenos, soportando abogados petulantes, desencajando automovilistas a gritos, comprando maquillajes de modo compulsivo, esquivando compañeros indeseables, almorzando papas fritas en lugar de ensalada verde, intentando desentrañar el Capítulo V, Sección Segunda, cantando bajo la lluvia y algunas otras labores bastante más excitantes que éstas, que mi escasa aptitud para la sutileza no me permite nombrar.

domingo

Cinemática

Suele suceder, una palabra lleva a la otra y todo encaja delicadamente. La Física nunca fue mi fuerte, aunque siempre ostentó para mí la sombra impenetrable de lo simbólico. Calorimetría, Ley de caída libre, Refracción de la luz, Energía elástica, Tensión superficial, Estática, Corriente alterna, Principio de Pascal, y hoy, no sé por qué, recordé la Cinemática, la parte de la Mecánica que estudia el movimiento. Suele suceder, también, que ocupo mi cabeza en asuntos ociosos e inútiles, entonces pensé en el cine y cuán impenetrablemente simbólico puede resultar, a la manera de una fórmula matemática. El diccionario confirmó mis sospechas: el griego kinêma, raíz común de ambas palabras; el cine, joder, haberlo pensado antes, es una sucesión de imágenes en movimiento, cinemato-grafía. Una terrible pérdida de tiempo. Pueden reírse de mí cuanto deseen, sí: pero yo sigo maravillada con la capacidad de perfección de ciertas cosas.