domingo

PRO

Los veo saltando como hienas en celo, agitando sus sucios trapos amarillos y quisiera morirme, huir a las playas de Boulogne-sur-Mer, Francia, inmolarme con un cinturón de dinamita en medio del festejo de los magnates, los analfabetos políticos y el mediopelaje lumpenburgués, salir con un palo a romper vidrieras, derramar lágrimas de furia, dedicarme a experimentar con hongos alucinógenos y a la tarjetería española, tejer escarpines para los niños de Somalía, dejar los hábitos, fundar una sociedad protectora de animales, ametrallar los colectivos atestados de burros fascistas, tomar el primer transbordador destino Plutón y escribir desde el vacío, mientras observo, con pesar, cómo revienta el planeta con sus pasajeros.

miércoles

Sobre la violencia

De la misma manera ingenua en que lo hacía cada vez que aparecían los tiranosaurios en Jurassic Park, o sufría con las cachetadas en las telenovelas, las escenas violentas aún me obligan a taparme los ojos, pero no puedo dejar de oír los gritos y los disparos, el silencio, el llanto que los sucede, un olor a muerte, la piel chamuscada por las balas de fogueo, el pasto manchado de sangre. Con los dinosaurios es más simple porque ya no existen, pero ¿cómo tolerar tan sólo la vista de la tortura, por más que sea una simulación? "¡Si es salsa de tomate!" y los actores se ríen, cámbienle esa camisa y repitan la toma, ella quiere un vaso de agua: todo es mentira, sí, pero yo sigo sin querer mirar.

domingo

El museo salvaje sigue vivo, de todos modos...

Cerrado -no sé por cuánto-


¿SON TODOS FELICES?

El honor de vivir con honor gloriosamente,
El patriotismo hacia la patria sin nombre,
El sacrificio, el deber de labios amarillos,
No valen un hierro devorando
Poco a poco algún cuerpo triste a causa de ellos mismos.

Abajo pues la virtud, el orden, la miseria;
Abajo todo, todo, excepto la derrota,
Derrota hasta los dientes, hasta ese espacio helado
De una cabeza abierta en dos a través de soledades,
Sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte.

Ni siquiera esperar ese pájaro con brazos de mujer,
Con voz de hombre, oscurecida deliciosamente,
Porque un pájaro, aunque sea enamorado,
No merece aguardarle, como cualquier monarca
Aguarda que las torres maduren hasta frutos podridos.

Gritemos sólo,
Gritemos a un ala enteramente,
Para hundir tantos cielos,
Tocando entonces soledades con mano disecada.

*
Luis Cernuda, Donde habite el olvido.

martes

Bordes

Se dice que "los cuerpos tienen memoria", que tanto un golpe como una caricia pueden resucitar en la carne a la sola voluntad del memorioso. Sin embargo, la memoria del golpeado y la del golpeador, como la de los amantes, suele crecer en rumbos contradictorios cuando sus cuerpos ya no se amarran ni se castigan, y entonces lo que en cada uno de ellos era el otro, con el otro ausente, pasa a ser una pieza de rompecabezas con los bordes comidos o ásperos. Y cuando se intenta hacerlas coincidir, por la inercia de la esperanza o de la costumbre, en lugar de fundirse, se quiebran.

domingo

Si tuviera un blog así como "de minita" que habla de la *tanga* de encaje que se compró *ayer*, y de lo loco que se va a volver *Él* cuando la vea, *shisus* -no sé qué *carajo* significa pero hay que usar la muletilla-; decía, que si mi blog fuese como ésos, todos los días tendría algo que contar para ponerlos al tanto de mi vida agitada, novedosa y con vuelo a cada paso, o de mi irremediable angustia existencial por *tener que* ir al cine sola, -*cuál es el problema?* ¿qué mejor que salir de la sala en estado de ingravidez y que nadie comente?-, o de mi permanente *locura* trash-trendy in laaaave *cualquiereadora*, o de mi bipolaridad *galopante*. Pero no. Sólo que el gato de mi abuela tiene neumonía y que voy todas las mañanas a ayudarla con el antibiótico, el antimucolítico y la vitamina B12 porque ese gato, aunque enfermo, se resiste como si lo fueran a degollar. A pesar de que sé que es por su bien, me da mucha pena forzarlo, oyéndolo respirar como un acordeón pinchado. Todo esto, claro, tampoco es interesante, supongo que les importará más saber de mis tangas de encaje o de mis stillettos rojos de charol, bueno, no, últimamente no compré ninguna de esas cosas.

jueves

Detalles

La nostalgia se percibe en el estómago. Pasar por ciertas esquinas engendra un raro vértigo, sin importar si el recuerdo es suave o amargo, si el recuerdo no se recuerda o la esquina recuerda a otra esquina semejante. En suma, no hay encono personal en todo esto, si lo más al sur que he llegado por cierto motivo es a una zona que nadie sabe bien a qué barrio pertenece, si a Constitución, si a Parque Patricios, si a San Cristóbal, aquel enorme descampado donde aprendí a andar en bicicleta, por ejemplo, y otras tantas cosas que no vienen al caso decir, sobre todo porque la nostalgia es, precisamente, algo que no se puede decir jamás y, si fuera posible encontrar las palabras, nos darían bastante vergüenza. Pero el asunto es que yo iba en el 6 cartel rojo y el jardín estaba como nunca oscuro, y en esa ventana de postigos bordó no había ninguna luz.

viernes






Estoy otra vez en Buenos Aires. Madryn es fea, con esa fealdad contradictoria de una ciudad en eterna construcción, paredes sin puertas, puertas sin ventanas, paredes sin techos ni ventanas ni puertas, casas sin habitantes, pero un mar helado y quieto que puede burlarse de los ralos arbustos patagónicos y del viento arenoso que nunca deja de soplar, tan magnético como poblado de cangrejos y aguavivas de tamaño inverosímil. Por supuesto, no osé meter ni el pie. De los animalitos de rigor, el peludo me resultó adorable, como los pingüinos, agonizantes por la escasez de sardinas o anchoas o lo que fuera que carajo coman, y que provocan unas ganas de tocarlos difíciles de dominar, aunque está absolutamente prohibido: "¡por favor, es sólo una caricia, si igual se va a morir!", intentaba yo convencer al guardafauna con un humor negro no muy bien recibido. A pesar de que el sol cocina como un horno de esmalte, sólo estoy blanca y no blanquísima; ya abandoné toda esperanza y con el tiempo descubrí el discreto encanto de ser un vampiro. Fui al puerto de Rawson, también, pero no quiero aburrir hablando de astilleros, y tomé el té galés pero no quiero ser quejosa porque, hombre, he probado tortas mejores, y aunque cargué el kilo y medio de 2666 a cuestas, no atiné a leer nada, ni tampoco tuve ánimo, habiendo tanto para caminar, por más lejos que esté de ser una entusiasta de las excursiones cronometradas. Tanto la fealdad como la belleza son contradictorias, allá y en donde fuera, y el gris no es un color tan mustio, después de todo.

miércoles

Se va, se va el vapor

En unos días parto hacia Puerto Madryn a ver el mar sin una multitud que se entrometa entre el mar y yo, a nadar con pingüinos -dicen que están tan acostumbrados a los bañistas que no nos huyen-, a divisar, aunque sea de lejos, la aleta dorsal de una tonina y a extrañar intensamente la ciudad, que la naturaleza es encantadora, sí, pero el sol quema demasiado y las piedras y la arena vuelven los talones de papel de lija. Preferiría que fuese invierno para respirar el viento marino y el olor a pescado fresco, a pez inquieto, recién salido del agua, sentándome a mirar cómo descargan las redes llenas de lenguas plateadas, y rodear con la mano las sogas que amarran los barcos al muelle. Pero no es invierno sino verano, y hay que ir a la playa y esas cosas que hacen las personas de buen vivir, buen ver y buen pensar, y yo no quiero desentonar tanto. En fin.

viernes

Poderes

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa porque el mundo se le representa como una sucesión de escenas tragicómicas, más trágicas que la misma tragedia. Nadie nunca tendría que intentar hablarme por la calle cuando estoy suspendida adivinando gárgolas en las esquinas y me lamento por no llevar conmigo la cámara fotográfica; cuando quiero volver al mismo sitio, la luz refractará desde otro ángulo y la foto se habrá perdido. No quiero salir el sábado, ni el domingo, ni el lunes. En realidad no debiera haber salido jamás de mis libros y mis discos, que no traicionan ni engañan; a lo sumo soy yo la que puedo engañarme, pero siempre estaré a tiempo de cerrarlos. En el fondo están todos muertos, todos, son sólo espectros que podría romper si quisiera, despóticamente, moverles los brazos y las piernas como a muñecos articulados, dejar de oírlos, saltearme párrafos, son objetos de capricho con los que ensayo el poder que soy incapaz de ejercer sobre mí misma, porque tengo terror de escuchar ciertas cosas y prefiero taparme las orejas, a la manera de un chico que no quiere reproches. Yo no hago mal, al menos no voluntariamente o sabiéndolo, casi un pan de Dios, se los aseguro, y no me valgo del amor ajeno como instrumento de tortura. El mundo, en tanto, sigue estrellándose contra mi cáscara de cuarzo, hasta que un día haga ¡crac! y una overlock indetenible descosa el corazón de mis entrañas.

domingo

Contra todos los pronósticos

Es que el pendejo ése me dice "tía" -aunque no soy su tía- y yo me derrito como un iglú con los pies hundidos en el pavimento hirviente. "Tía, veníiiiii... a jugar con el tutú", y estira los mofletes -es decir, sonríe, pero me gusta la palabra "mofletes"-, y yo, temerosa de que la naturaleza me hubiera arrancado el instinto maternal de raíz, concibo la posibilidad de que, en lo más profundo de mí, exista un arcón de paciencia eterna, un corazón de maestra jardinera, un alma de vecina gorda y malcriadora que soporta caprichos con tantas ganas de abrazar como de ahorcar. Debe ser así, sin darse cuenta, en esa repentina ternura que se burla de todas las teorías anti-niños previas, que se despierta el deseo de parir criaturas como pollitos y tejer crochet mientras los miramos armar casas con bloques de madera.

Lavorare stanca

El latigazo me recorre cada vez que miro sus documentos: nunca concuerdan con la edad estampada. A los cincuenta ya están arruinados, los dedos llenos de callos, el pelo blanco, la piel mordida por el sol y las cicatrices. Los veo a diario: dejaron sus dedos, su pelo y su piel en largas jornadas de fábrica, de puerto o de andamio, hasta que sus huesos son arrojados a saco por las escaleras o por el incierto túnel del ocio forzado. "Prescindimos de sus servicios a partir del día 31 del corriente.- Certificados a su disposición.-" y el mecanismo –imperfecto, pero sanguinario- vuelve a comenzar: más carne para satisfacer a la picadora voraz. Son puro escombro y no lo saben, porque les han hecho creer que mueren en ejercicio del deber, del honor de arrancarse de sí para espesar bolsillos ajenos. No conocen su derecho a la pereza porque les han hecho creer que la pereza es un pecado capital y el trabajo un designio divino, y no se quejan. "Adieu joie, santé, liberté; adieu tout ce qui fait la vie belle et digne d'être vécue", dice Paul Lafargue, refiriéndose a los estragos de la vida de fábrica. ¿Cómo es que no se quejan? ¿No resulta inconcebible toda esta pasmosa mansedumbre?

sábado

Yo no sé, casi nada, pero sólo me doy cuenta cuando me estrello contra las palabras de otros. Hasta tanto, uno cree que conoce lo estrictamente imprescindible para vivir a velocidad crucero: haber hecho esto o aquello, haber leído ese libro necesario o haber oído el disco que nadie puede morir sin escuchar, nada representaban cuando no se conocía su existencia o su condición de posibilidad. Sin embargo, cuanto más se sabe más se desea y más enano resulta en la comparación, porque no fui lo suficientemente moderna, ni lo suficientemente rebelde, ni pertenecí a una tribu urbana, ni tuve problemas con drogas duras, ni escribo poesía experimental, poesía lesbiana, o pobre, o subdesarrollada, mozambiqueña, psicoanalítica o en idioma esperanto, tan siquiera poesía de vanguardia; tampoco tuve padres abandónicos, ni sobreprotectores, y solía irme bien en el colegio, sin ser popular –la simpatía era una cláusula ineludible para ello- ni el objeto de las burlas. Nunca seguí al abanderado, aunque tampoco escupí nunca a la bandera, ni escribí una novela genial, ni asesiné a un esposo golpeador o infiel convirtiéndolo en relleno de empanada: mucho menos a John F. Kennedy o a Ramón Falcón, y no porque no hubiera nacido para esos años, lo que probaría que soy bastante cobarde, porque no me metí a monja –la castidad y la obediencia ciega requieren demasiados esfuerzos- ni recorrí América Latina en bicicleta. Acerca de mi infinita incultura letrada y mi ignorancia sobre asuntos esenciales como la delicadeza para los sí y los no, bueno, no hace falta abundar: para eso están las palabras de los otros, que me estallan violentamente ante los ojos mostrándome mi propia insignificancia.

jueves

Ayer, cuando al bajar las escaleras para irme, la portera me miró de un modo -digamos- pícaro, caí en la cuenta de que debería cuidar un poco más las formas en un edificio vacío a las ocho de la noche. Que las paredes oyen, hombre, y las porteras también.

miércoles

Usted ha ingresado en zona restringida, lo sucedido de aquí en adelante queda bajo su exclusiva responsabilidad

Lo escrito, escrito está, y lo leyere el que quisiere. Daré la media vuelta, daré la vuelta entera, daré un pasito atrás, haciendo la reverencia. Me reiré un poco de mi ingenuidad y de mi pretensión de anonimato y luego, con un gracioso movimiento de sombrero, alegaré que nada fue exactamente como parece. Y agitaré un pañuelito, y me secaré alguna lágrima aunque diga que es el polen el que me hace llorar.

Y rimarrà forse un grido, quello / della terra che non vuole finire.
(Y quedará tal vez un grito, aquel / de la tierra que no quiere acabarse.)


*

viernes

Sobre el imperativo de la memoria

La vieja, a las siete de la mañana y con cinco grados de temperatura, ya estaba en la puerta de calle. Vive con su hermana ciega y tiene más de ochenta años: su esposo la abandonó hace cuarenta sin darle ninguna explicación. Un día, sencillamente, desapareció. "Señora, por qué no sube, que va chupar frío", le dije al pasar, un poco porque era cierto, otro poco para abrazarla, otro poco para librarla del silencio de su soledad persistente. Y la vieja, con el bastón en alto y la voz más agria que fue capaz de ensayar, me respondió: "estoy esperando que llegue mi marido; en cuanto vuelva le voy a dar con este palo en la cabeza, mirá si no podía avisarme adónde fue". Pensé que estaba siendo irónica, pero sus ojos la desmentían: como si hubiera viajado en el tiempo, todavía lo esperaba, enfurecida y triste a pesar de su memoria desgajada, más triste que todo el pasado de los hombres.