miércoles

No hay que mirar adentro de los ojos
nunca. Es demasiado el riesgo,
y no hay gloria ninguna en hallar algo:
sólo se ve la sangre, ligamentos,
puntos ciegos, conos de luz y sombra,
maquinarias exactas.
No hay que mirar adentro de los ojos
nunca: puede cosérsete el horror del cielo
de ojo a ojo, grabarse
como aguafuerte en una piedra negra.

domingo

III

¿Qué pensaste al cruzar por ese bosque,
como amazona pálida y suicida?
Tu desnudez te vuelve inquebrantable
y sin embargo esclava,
inmensa y frágil como un acantilado,
blanquísima, veloz, contra la fronda oscura.
Vas a caballo de cualquier deseo
que pueda abandonarte entre los árboles,
arquear el lomo y arrojarte al agua,
pero el deseo no existe:
es como un rastro en el estiércol húmedo,
un caballo que pasa, una amazona
de pelo fuego frío,
unos ojos de tísica,
unas mejillas con aroma a fiebre.

viernes

Tal vez como tenía que ser: arriba de la bici, por un camino de tierra, guiando al grupo de ciclistas que lo vio caer al suelo, así nomás, del paro al corazón que lo sostuvo en sus tres cruces a los Andes en bicicleta. Cincuenta y siete años, mi viejo. Tal vez del modo que tenía que ser, pero no en el momento oportuno, y no me vengan con las teorías del destino, de quien sabe qué designio divino, con que "nadie muere antes de tiempo". Se hubiera visto ridículo con esa mortaja blanca, la misma cara de conde transilvánico de cejas negras y pobladas, pero más pálido que de costumbre, con una expresión indefinible que me hacía pensar en que se despertaría entre risas diciendo "fue una bromiiiita!"; se hubiera indignado viendo la cruz que por rutina le habían puesto sobre la cabeza. El velatorio fue un espanto. Yo nunca había ido a uno y no tenía ese plan para el domingo a la noche ni para nunca, y no quería ancianas dolientes compadeciéndose, sólo quedarme sola en un rincón, no necesitaba despedirme si ya me había despedido con el abrazo que le di la última vez que cenamos juntos sin imaginar que era la última. Él no sufrió, claro, pero ¿qué consuelo? ¿qué mierda de consuelo puede ser si yo sufro tanto por todo lo que no voy a ver, por todo lo que no va a ver, por mis hijos que no van a conocer a su abuelo, por las cosas que no me contó, por las que yo no le conté creyendo que ya habría ocasión? ¿Por qué no le pregunté más sobre su infancia en la calle Patagones, sobre su juventud como maquinista de barco pesquero en el puerto de Mar del Plata, sobre sus largas vacaciones del 76’ en los subsuelos de la Base Naval? Había una zona cerrada a la cual era imposible acceder, a excepción de aquellos momentos en los que se ponía melancólico y lloraba y decía que el cielo no existía pero que él había conocido el infierno, que me quería, que sus hijas habían sido lo mejor que le pasó en su vida. "Templanza y paciencia", me diría ahora, hasta puedo oírle la voz, y me abrazaría. Yo no puedo hacer más que extrañarlo siempre.

miércoles

Llegó buscando "fotos del verdadero misterio" pero no encontró nada: ni fotos, ni palabras, ni respuestas. Yo también busco frases incoherentes en la infinitud de la red cuando no tengo ganas de revolver adentro ni de moverme de la silla o de la cama o de la mesa, como hoy. Agarro óleos pasteles y arruino toneladas de hojas con garabatos infantiles, escribo sobre las fantasías más perversas que jamás daré a conocer en público, vegeto al lado de la estufa y, como soy tan poco metafísica, me hubiera preguntado por las "fotos verdaderas del misterio", puesto que no está en discusión que el misterio sea cierto en sí mismo, o que haya misterios de mentira, aunque hay tantas veces en las que no quisiera comprobar que vivo entre fantasmas. Otro, enojado porque la nieve no pasó de ser un simulacro, evade la frustración pretendiendo hallar -in fraganti y al alcance de sus ojos- "pendejas drogadas cogiendo". Lamento decepcionarlo con las dos terceras partes de su requerimiento, pero ya que vino, me encantaría saber con qué cantidad de drogas encima puede uno coger de modo respetable, por ejemplo. El segundo párrafo de la página 139 de mi libro de cabecera dice que "excluidos los raros momentos en que se ofrece el cuerpo por amor, también la persona que nos ha amado se deja hacer y hace sólo por cortesía o desinterés, más o menos resignada como una meretriz". El amor puede durar tres horas, dos semanas o cien años pero la cortesía y el desinterés están junto a la lástima y esa sí que es persistente. Siempre que intento ser sentimental parece que me riera, y a la inversa, siempre que me río me avergüenzo de cuán idiota y sentimental puedo llegar a sonar, porque no sé cómo evitar ser una "literata cansina" por más que hable con oraciones largas, que es tiempo de asumir con una leve pena que mucho de esto estuvo, está y posiblemente estará dirigido de manera implícita a alguien que no conoce su existencia, aunque tal vez ya la conozca y entonces sepa, incluso, de la tristeza ancha que se esconde tras el desinterés que le demuestro por pura cortesía. En este momento quisiera tener un blog de minita para no desentonar con la declaración, pero ésto es lo que hay, resaca emocional (mal) disfrazada de literatura, y ninguna gana de filosofar sobre la teleología hegeliana a excepción de la pregunta: "¿por qué todo debería tener un fin último?", y actitud de niña confundida, y frasecitas crípticas, y hartazgo.

domingo

PRO

Los veo saltando como hienas en celo, agitando sus sucios trapos amarillos y quisiera morirme, huir a las playas de Boulogne-sur-Mer, Francia, inmolarme con un cinturón de dinamita en medio del festejo de los magnates, los analfabetos políticos y el mediopelaje lumpenburgués, salir con un palo a romper vidrieras, derramar lágrimas de furia, dedicarme a experimentar con hongos alucinógenos y a la tarjetería española, tejer escarpines para los niños de Somalía, dejar los hábitos, fundar una sociedad protectora de animales, ametrallar los colectivos atestados de burros fascistas, tomar el primer transbordador destino Plutón y escribir desde el vacío, mientras observo, con pesar, cómo revienta el planeta con sus pasajeros.

miércoles

Sobre la violencia

De la misma manera ingenua en que lo hacía cada vez que aparecían los tiranosaurios en Jurassic Park, o sufría con las cachetadas en las telenovelas, las escenas violentas aún me obligan a taparme los ojos, pero no puedo dejar de oír los gritos y los disparos, el silencio, el llanto que los sucede, un olor a muerte, la piel chamuscada por las balas de fogueo, el pasto manchado de sangre. Con los dinosaurios es más simple porque ya no existen, pero ¿cómo tolerar tan sólo la vista de la tortura, por más que sea una simulación? "¡Si es salsa de tomate!" y los actores se ríen, cámbienle esa camisa y repitan la toma, ella quiere un vaso de agua: todo es mentira, sí, pero yo sigo sin querer mirar.

domingo

El museo salvaje sigue vivo, de todos modos...

Cerrado -no sé por cuánto-


¿SON TODOS FELICES?

El honor de vivir con honor gloriosamente,
El patriotismo hacia la patria sin nombre,
El sacrificio, el deber de labios amarillos,
No valen un hierro devorando
Poco a poco algún cuerpo triste a causa de ellos mismos.

Abajo pues la virtud, el orden, la miseria;
Abajo todo, todo, excepto la derrota,
Derrota hasta los dientes, hasta ese espacio helado
De una cabeza abierta en dos a través de soledades,
Sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte.

Ni siquiera esperar ese pájaro con brazos de mujer,
Con voz de hombre, oscurecida deliciosamente,
Porque un pájaro, aunque sea enamorado,
No merece aguardarle, como cualquier monarca
Aguarda que las torres maduren hasta frutos podridos.

Gritemos sólo,
Gritemos a un ala enteramente,
Para hundir tantos cielos,
Tocando entonces soledades con mano disecada.

*
Luis Cernuda, Donde habite el olvido.

martes

Bordes

Se dice que "los cuerpos tienen memoria", que tanto un golpe como una caricia pueden resucitar en la carne a la sola voluntad del memorioso. Sin embargo, la memoria del golpeado y la del golpeador, como la de los amantes, suele crecer en rumbos contradictorios cuando sus cuerpos ya no se amarran ni se castigan, y entonces lo que en cada uno de ellos era el otro, con el otro ausente, pasa a ser una pieza de rompecabezas con los bordes comidos o ásperos. Y cuando se intenta hacerlas coincidir, por la inercia de la esperanza o de la costumbre, en lugar de fundirse, se quiebran.

domingo

Si tuviera un blog así como "de minita" que habla de la *tanga* de encaje que se compró *ayer*, y de lo loco que se va a volver *Él* cuando la vea, *shisus* -no sé qué *carajo* significa pero hay que usar la muletilla-; decía, que si mi blog fuese como ésos, todos los días tendría algo que contar para ponerlos al tanto de mi vida agitada, novedosa y con vuelo a cada paso, o de mi irremediable angustia existencial por *tener que* ir al cine sola, -*cuál es el problema?* ¿qué mejor que salir de la sala en estado de ingravidez y que nadie comente?-, o de mi permanente *locura* trash-trendy in laaaave *cualquiereadora*, o de mi bipolaridad *galopante*. Pero no. Sólo que el gato de mi abuela tiene neumonía y que voy todas las mañanas a ayudarla con el antibiótico, el antimucolítico y la vitamina B12 porque ese gato, aunque enfermo, se resiste como si lo fueran a degollar. A pesar de que sé que es por su bien, me da mucha pena forzarlo, oyéndolo respirar como un acordeón pinchado. Todo esto, claro, tampoco es interesante, supongo que les importará más saber de mis tangas de encaje o de mis stillettos rojos de charol, bueno, no, últimamente no compré ninguna de esas cosas.

jueves

Detalles

La nostalgia se percibe en el estómago. Pasar por ciertas esquinas engendra un raro vértigo, sin importar si el recuerdo es suave o amargo, si el recuerdo no se recuerda o la esquina recuerda a otra esquina semejante. Quiero decir, no hay encono personal en todo esto, si lo más al sur que he llegado por cierto motivo es a una zona que nadie sabe bien a qué barrio pertenece, si a Constitución, si a Parque Patricios, si a San Cristóbal, ahí frente al Garrahan, un enorme descampado que de noche, bueno, mejor mirarlo desde la ventana. Está bien, era lo que era, una cosa que yo debí, en realidad, que tendría que haber que, tal vez, no estirar porque. Pero el asunto es que yo iba en el 6 cartel rojo y, en la esquina donde siempre me bajaba, en esa ventana, no había ninguna luz.

viernes






Estoy otra vez en Buenos Aires. Madryn es fea, con esa fealdad contradictoria de una ciudad en eterna construcción, paredes sin puertas, puertas sin ventanas, paredes sin techos ni ventanas ni puertas, casas sin habitantes, pero un mar helado y quieto que puede burlarse de los ralos arbustos patagónicos y del viento arenoso que nunca deja de soplar, tan magnético como poblado de cangrejos y aguavivas de tamaño inverosímil. Por supuesto, no osé meter ni el pie. De los animalitos de rigor, el peludo me resultó adorable, como los pingüinos, agonizantes por la escasez de sardinas o anchoas o lo que fuera que carajo coman, y que provocan unas ganas de tocarlos difíciles de dominar, aunque está absolutamente prohibido: "¡por favor, es sólo una caricia, si igual se va a morir!", intentaba yo convencer al guardafauna con un humor negro no muy bien recibido. A pesar de que el sol cocina como un horno de esmalte, sólo estoy blanca y no blanquísima; ya abandoné toda esperanza y con el tiempo descubrí el discreto encanto de ser un vampiro. Fui al puerto de Rawson, también, pero no quiero aburrir hablando de astilleros, y tomé el té galés pero no quiero ser quejosa porque, hombre, he probado tortas mejores, y aunque cargué el kilo y medio de 2666 a cuestas, no atiné a leer nada, ni tampoco tuve ánimo, habiendo tanto para caminar, por más lejos que esté de ser una entusiasta de las excursiones cronometradas. Tanto la fealdad como la belleza son contradictorias, allá y en donde fuera, y el gris no es un color tan mustio, después de todo.

miércoles

Se va, se va el vapor

En unos días parto hacia Puerto Madryn a ver el mar sin una multitud que se entrometa entre el mar y yo, a nadar con pingüinos -dicen que están tan acostumbrados a los bañistas que no nos huyen-, a divisar, aunque sea de lejos, la aleta dorsal de una tonina y a extrañar intensamente la ciudad, que la naturaleza es encantadora, sí, pero el sol quema demasiado y las piedras y la arena vuelven los talones de papel de lija. Preferiría que fuese invierno para respirar el viento marino y el olor a pescado fresco, a pez inquieto, recién salido del agua, sentándome a mirar cómo descargan las redes llenas de lenguas plateadas, y rodear con la mano las sogas que amarran los barcos al muelle. Pero no es invierno sino verano, y hay que ir a la playa y esas cosas que hacen las personas de buen vivir, buen ver y buen pensar, y yo no quiero desentonar tanto. En fin.

viernes

Poderes

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa porque el mundo se le representa como una sucesión de escenas tragicómicas, más trágicas que la misma tragedia. Nadie nunca tendría que intentar hablarme por la calle cuando estoy suspendida adivinando gárgolas en las esquinas y me lamento por no llevar conmigo la cámara fotográfica; cuando quiero volver al mismo sitio, la luz refractará desde otro ángulo y la foto se habrá perdido. No quiero salir el sábado, ni el domingo, ni el lunes. En realidad no debiera haber salido jamás de mis libros y mis discos, que no traicionan ni engañan; a lo sumo soy yo la que puedo engañarme, pero siempre estaré a tiempo de cerrarlos. En el fondo están todos muertos, todos, son sólo espectros que podría romper si quisiera, despóticamente, moverles los brazos y las piernas como a muñecos articulados, dejar de oírlos, saltearme párrafos, son objetos de capricho con los que ensayo el poder que soy incapaz de ejercer sobre mí misma, porque tengo terror de escuchar ciertas cosas y prefiero taparme las orejas, a la manera de un chico que no quiere reproches. Yo no hago mal, al menos no voluntariamente o sabiéndolo, casi un pan de Dios, se los aseguro, y no me valgo del amor ajeno como instrumento de tortura. El mundo, en tanto, sigue estrellándose contra mi cáscara de cuarzo, hasta que un día haga ¡crac! y una overlock indetenible descosa el corazón de mis entrañas.

domingo

Contra todos los pronósticos

Es que el pendejo ése me dice "tía" -aunque no soy su tía- y yo me derrito como un iglú con los pies hundidos en el pavimento hirviente. "Tía, veníiiiii... a jugar con el tutú", y estira los mofletes -es decir, sonríe, pero me gusta la palabra "mofletes"-, y yo, temerosa de que la naturaleza me hubiera arrancado el instinto maternal de raíz, concibo la posibilidad de que, en lo más profundo de mí, exista un arcón de paciencia eterna, un corazón de maestra jardinera, un alma de vecina gorda y malcriadora que soporta caprichos con tantas ganas de abrazar como de ahorcar. Debe ser así, sin darse cuenta, en esa repentina ternura que se burla de todas las teorías anti-niños previas, que se despierta el deseo de parir criaturas como pollitos y tejer crochet mientras los miramos armar casas con bloques de madera.

Lavorare stanca

El latigazo me recorre cada vez que miro sus documentos: nunca concuerdan con la edad estampada. A los cincuenta ya están arruinados, los dedos llenos de callos, el pelo blanco, la piel mordida por el sol y las cicatrices. Los veo a diario: dejaron sus dedos, su pelo y su piel en largas jornadas de fábrica, de puerto o de andamio, hasta que sus huesos son arrojados a saco por las escaleras o por el incierto túnel del ocio forzado. "Prescindimos de sus servicios a partir del día 31 del corriente.- Certificados a su disposición.-" y el mecanismo –imperfecto, pero sanguinario- vuelve a comenzar: más carne para satisfacer a la picadora voraz. Son puro escombro y no lo saben, porque les han hecho creer que mueren en ejercicio del deber, del honor de arrancarse de sí para espesar bolsillos ajenos. No conocen su derecho a la pereza porque les han hecho creer que la pereza es un pecado capital y el trabajo un designio divino, y no se quejan. "Adieu joie, santé, liberté; adieu tout ce qui fait la vie belle et digne d'être vécue", dice Paul Lafargue, refiriéndose a los estragos de la vida de fábrica. ¿Cómo es que no se quejan? ¿No resulta inconcebible toda esta pasmosa mansedumbre?